Con lupa en el Congreso

De Toros y Toreros

“Estaba deseandito de que me hirieran pa probar que era un torero de verdá, pa que viesen que no tenía miedo, y pa lusir la sicatrís. Un matador sin cornadas, ¿en qué va a poné su orgullo?” 

(Juan Silvetti extraído de López Pilnillo, 1987)”. (pág. 19)

Publicado: 2020-02-29


Debo a la improbable conjunción del final de la lectura del proyecto de ponencia sobre constitucionalidad de tauromaquia y gallística del tribunal constitucional y del último pedazo de pollo sancochado de mi plato, el recuerdo del mercado, hoy conocido como Lobatón número tres, antes conocido simplemente como “el mercado de Lince”. Mi madre, todas las semanas, me llevaba para realizar las compras de alimento. En mi mente queda, como uno de los momentos más impactantes, aquel donde la señora que vendía pollos, cortaba el cuello de uno de ellos, que previamente tomaba velozmente de una caja, y lo ponía boca abajo en un cono de metal para que se desangrara. El pollo pataleaba por momentos haciendo sonar el cono de metal y la sangre caía en un recipiente de plástico azul. Mi madre, mientras esto ocurría, conversaba con la señora, a la que no podría calificar de mala persona, con total normalidad al igual que toda la gente alrededor. Siempre tenía palabras amables para mi y para mi madre, me guardaba las patas de los pollos para la consabida sopa materna y vendía, en pequeñas bolsas de plástico, la sangre y las menudencias. Toda la gente actuaba con normalidad e indiferencia a los sonidos que hacía el pollo mientras moría. Recuerdo la fascinación que me producía ese momento. Solo me quedaba mirando absorto aquella secuencia seguida por un decepcionante paso por agua hirviendo y desplume que era el momento en que me dedicaba a otra cosa.

Es por ello que puedo comprender a Rosa María Palacios explicando la fascinación que le produce las corridas de toros donde se ve la verdad, según sus propias palabras, y dónde un hombre enfrenta a la muerte solo con un “trapo” y una espada. También es por eso que puedo comprender que el Tribunal Constitucional considere cultural y artístico la forma en la que se mata a un toro convirtiéndolo en un espectáculo lleno de fascinación. A pesar de que no comparto dicha visión puedo comprender que un grupo pequeño de personas se sienta atraída y fascinada por la visión de un hombre luchando con una bestia, que ellos mismos describen como salvaje, peligrosa y malvada, y que se celebre cuando la venza. Que en medio del alcohol, los habanos y la hispanidad se aplauda una lidia limpia donde, de un solo golpe, se mate al toro. Ningún taurino, por lo que tengo entendido, celebra o desea que el toro muera sufriendo de a pocos. Por lo que entiendo de lo que he conversado con amantes de los toros, lo ideal es un toro bravo que muera de un solo golpe e inmediatamente. Lamentablemente, como todas las cosas ideales, no es lo más común.

En cuanto estaba por dar por cerrado el recuerdo y el tema de las corridas de toros llegó a mi mente una idea que, en principio me pareció, absurda: ¿y el torero? Veo que todos se preocupan por el bienestar del toro, unos argumentando que tiene una vida ideal hasta el día en que se le mata en esta ceremonia de sacrificio y otros argumentando que el toro no debería pasar por ese trauma.

No se confunda mi profundo aprecio por las personas que hacen la lucha en favor de la salud de los animales y se confunda con desdén, pero de pronto me di cuenta de que hay otro protagonista: el torero. Luego de leer varios artículos y capítulos de libros sobre tauromaquia, me quedo con una idea base: el riesgo de la muerte es lo que le da belleza al espectáculo. Y cito a Francisco González-Ruiz A en enexclusiva.com: “...el riesgo de muerte que está presente cada vez que un torero se enfrenta a una de estas hermosas y bravas bestias” o a Rafael Cabrera en elcierredigital.com: “El riesgo es inherente, pero también fundamental, en la fiesta de los toros. Una de las cualidades verdaderamente humanas que distingue al diestro, al torero, es el valor...”.

En este momento me queda claro que un punto importante de la corrida de toros es el riesgo de muerte que corre el torero y que, sin ninguna protección, debe enfrentar para divertimento del público. Cuando más cerca hace el esquive de la embestida del toro, más emoción y disfrute para el público. Si bien el accidente no es lo que se espera ni desea, es la posibilidad de que pase lo que le da la emoción a la faena. Y aquí es donde me pregunto:

¿No sería más efectivo que, en lugar de enfocar el pedido de prohibición de las corridas de toros por el bienestar del toro, se enfoque en que no se debe permitir a una persona ponerse en riesgo de muerte bajo un contrato, para diversión de otras personas?

Aquí es donde resuenan en mí los artículos uno y dos de la constitución.

Artículo 1°.- La defensa de la persona humana y el respeto de su dignidad son el

fin supremo de la sociedad y del Estado.

Artículo 2°.- Toda persona tiene derecho:

1. A la vida, a su identidad, a su integridad moral, psíquica y física y a su libre

desarrollo y bienestar. El concebido es sujeto de derecho en todo cuanto le

favorece.

Tengo entendido, dentro de lo poco de leyes que sé, que estos derechos son irrenunciables. Entonces ¿es posible que exista un contrato legal que permita a una persona ponerse en inminente peligro de muerte renunciando a su derecho a la defensa de la persona humana y a su integridad física para divertir a otros? Me parece muy extraño que se permita, legalmente, ejecutar un contrato de tal índole ya que, en todas las labores formalmente establecidas, se dictan normas para proteger el bienestar de la persona y que esta no sufra daños permanentes, lo podemos ver en: los cascos de las carreras de motos y autos, los guantes de box, las botas protegidas de los obreros, los lentes para trabajo de carpintería. Incluso hay regulaciones para su uso y características para los indumentos de protección. Entonces ¿cómo es posible que una persona pueda tomar un trapo y un fierro e ir a enfrentar a una bestia de más de cuatrocientos kilos de peso a la que debe matar con sus propias manos? ¿Es coherente que en un país donde la Constitución dice proteger la vida se exponga a un ser humano a ese peligro por diversión?

Creo que, lo mínimo que tendría que pasar, es que el torero sea protegido en equipamiento como lo son otras personas expuestas al peligro. En caso no se pueda, no debería permitirse que sea un espectáculo cultural allende prohibirlo que sería lo más coherente. Es así que creo que, aquellos que trataron de que se prohíban las corridas de toros, tal vez deberían cambiar el enfoque ya que, está claro, los animales dan un poco lo mismo a nivel legal para el Poder Judicial, pero las personas deberían ser protegidas a toda costa.

La suspensión de las corridas de toros traerá, además, beneficios adicionales ya que, leyendo su reglamento, se liberaría a una gran cantidad de médicos faltantes en los hospitales que siempre dicen tener déficit, ya que, según este reglamento. Me sorprendió mucho leer en su estatuto que todos estos son los doctores que tienen que estar para atender si hay algún herido por la cornada de un toro: 

http://www.aficionperu.com/

No creo que no cumplan su propio reglamento así que sospecho que catorce médicos en un hospital y de especialidades tan importantes nos están haciendo falta.  

Me pregunto si, al igual que ya no veo pollos con el cuello cortado pataleando por su vida, algún día no veremos a personas exponiendo su integridad física y su vida para diversión de otros mientras, el toro sin entender qué pasa, trata de hacer la mejor faena para morir con dignidad.


Escrito por

daso (Daniel Subauste)

Mulero convertido


Publicado en

Rincón del Insomnio

Un pequeño rincón donde se escriben ideas trasnochadas de noches sin poder dormir.